Llegó tu alma grande y tersa
a la ciudad de los siete montes.
Atrapada en una pequeña caja hostil
penetrable por la enfermedad,
el mismo día del año que el que fue tu padre,
cuando la primavera viene todavía de camino
y en el mundo había cesado una guerra.
Te regalaron el nombre de la que fue tu madre,
siendo feliz como las niñas
y jugando a correr con zapatos grandes.
Así como todas las niñas,
con tu propio espacio real
dedicado al campo de la vida del futuro
en tu interior, en la ciudad de la encrucijada.
Reíste siempre con ímpetu.
Amando la vida y abrazándola
como a los niños chicos.
Lo recuerdo siendo yo como la vida,
sostenida por tus manos en el aire
planeando sobre tu alborozo.
Amaste sencillamente.
Con el gesto, con el guiño,
con la mirada, con la palabra,
con la sonrisa, con la ocurrencia…
con el amor de mujer
que convierte su espacio real
en un campo de la vida del presente
a su alrededor, volviendo a la ciudad de la encrucijada.
Así mismo sedujiste a la muerte.
Se echó deseosa a verte reír y amar,
anhelando tu esencia escurridiza
que atesoraba la pequeña caja hostil.
Cayó en la cuenta y buscó la traición.
La muerte ama y no perdona.
Ama por devoción a la esencia
y por envidia a la vida.
Ahora ya te ha hecho suya,
cuando se te acabaron
las ganas de reír
aunque seguías amando.
Te arrebató a la vida,
fuera de tu ciudad de los siete montes.