23 de junio noche mágica
Aquí estoy ahora tecleando esto contenta y tarareando:
“ Al garrotiiiin al garrotaaaan, y a la veera veera veeeeeraaa deee San Juuaaaaannnn”
Tengo que reconocer que no lo hago nada mal. Y me alegro más el alma.
Estoy sorprendida. Vengo de ver una función en el Conservatorio de Música y Danza.
A media tarde después de ducharme y embadurnarme de cremas varias, he cogido a mis hijos y me he ido a ver bailar a los alumnos de grado medio de Danza española.
Cualquier habitáculo con escenario me llama desde la distancia. Son para mí cantos de sirenas a los que sucumbo muy fácil. Entrar en ellos y bajar la silla me hace respirar profundamente, mirar hacia el techo y cerrar los ojos unos segundos en cuanto se apagan las luces. Se me ponen en marcha todos los sentidos.
Sesión de Música y Danza. Todo ha empezado con bailes populares mallorquines y aragoneses, seguido de algo más clásico. La vida ante los ojos hecha música y movimiento. Después de la danza del fuego ha llegado una pequeña pausa. Ha sido breve y no han encendido las luces, así que he vuelto a cerrar los ojos, a levantar la cara hacia el techo y he vuelto a respirar hondo.
Al momento han salido a escena un cantaor, un guitarrista, un percusionista con un cajón, un violinista y alguien más llevaba una flauta travesera entre las manos. Todo se ha vuelto a poner en marcha, pero esta vez por alegrías y verdiales. Zapateados a coro sobre las tablas hacían que mi corazón siguiera ese ritmo y se me iban los pies. No he podido contenerme. Me ha conmovido irremediablemente, y me he puesto a llorar “a moco tendido”. Me ha resultado inevitable, porque no me ha dado la gana de evitarlo. Pero estoy sorprendida de cómo la música y la expresión corporal me ha perturbado la nostalgia y la identidad confundidas en la rutina.
Es una noche mágica, así que me voy a la playa y seguiré tarareando:
“ Al garrotiiiin al garrotaaaan, y a la veera veera veeeeeraaa deee San Juuaaaaannnn”
“ Al garrotiiiin al garrotaaaan, y a la veera veera veeeeeraaa deee San Juuaaaaannnn”
Tengo que reconocer que no lo hago nada mal. Y me alegro más el alma.
Estoy sorprendida. Vengo de ver una función en el Conservatorio de Música y Danza.
A media tarde después de ducharme y embadurnarme de cremas varias, he cogido a mis hijos y me he ido a ver bailar a los alumnos de grado medio de Danza española.
Cualquier habitáculo con escenario me llama desde la distancia. Son para mí cantos de sirenas a los que sucumbo muy fácil. Entrar en ellos y bajar la silla me hace respirar profundamente, mirar hacia el techo y cerrar los ojos unos segundos en cuanto se apagan las luces. Se me ponen en marcha todos los sentidos.
Sesión de Música y Danza. Todo ha empezado con bailes populares mallorquines y aragoneses, seguido de algo más clásico. La vida ante los ojos hecha música y movimiento. Después de la danza del fuego ha llegado una pequeña pausa. Ha sido breve y no han encendido las luces, así que he vuelto a cerrar los ojos, a levantar la cara hacia el techo y he vuelto a respirar hondo.
Al momento han salido a escena un cantaor, un guitarrista, un percusionista con un cajón, un violinista y alguien más llevaba una flauta travesera entre las manos. Todo se ha vuelto a poner en marcha, pero esta vez por alegrías y verdiales. Zapateados a coro sobre las tablas hacían que mi corazón siguiera ese ritmo y se me iban los pies. No he podido contenerme. Me ha conmovido irremediablemente, y me he puesto a llorar “a moco tendido”. Me ha resultado inevitable, porque no me ha dado la gana de evitarlo. Pero estoy sorprendida de cómo la música y la expresión corporal me ha perturbado la nostalgia y la identidad confundidas en la rutina.
Es una noche mágica, así que me voy a la playa y seguiré tarareando:
“ Al garrotiiiin al garrotaaaan, y a la veera veera veeeeeraaa deee San Juuaaaaannnn”

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