1.8.06

"Un planeta errante..."

Anoche vi “Lutero”, una película de 2003 dirigida por Eric Till, sobre la vida y obra del padre de la iglesia alemana. Al ser la cinta de esta misma nacionalidad, en ciertos momentos me asaltaron dudas (mujer de poca fe). Sin embargo, me fascinó el quedarme con la maravillosa idea de que lo que se contaba fuera cierto. Y era lo siguiente:
Martin Lutero, había sido educado severamente y en la cruel enseñanza de un Dios temible. Por ello, le entrega su vida, al verse sorprendido a la intemperie, en plena noche y en soledad, por una siniestra tormenta. Pero esa aprensión, se transformará gracias a su inteligencia y bondad, en un profundo amor y lucha intelectual. Se hace monje agustino con el disgusto de su progenitor y la secreta esperanza del padre espiritual, que adivina en su sufrimiento y grandeza interior, el indudable hilo conductor para una propia rebelión, latente y cobarde. Con este propósito consigue que sea Lutero quien vaya a llevar unas cartas a Roma, donde éste último, empieza a darse cuenta de las barbaridades que los representantes del papa León X están cometiendo en nombre de la fe y la salvación de las almas, aprovechándose de la ignorancia y el temor de la gente, para pagar unas deudas contraídas por el cabeza de la Iglesia. Indignado comienza su sedición, desobedeciendo los preceptos de la Iglesia y entierra con sus propias manos a un sufrido adolescente suicida en el Campo Santo.
Acusado de hereje, es perseguido por la Inquisición, que le ofrece la salvación a cambio de retractarse de todo lo que había escrito y predicado, a lo que se niega. Federico de Sajonia lo mantiene escondido durante un tiempo que él ocupa en traducir la Biblia al idioma alemán, ya que las escrituras son conocidas únicamente por la conveniente interpretación del clero, y él reconoce este hecho, como la interposición entre el pueblo y Cristo. Durante este período que permanece oculto, otros aprovechan sus ideas para interpretarlas con imprudencia, y acontecen unas matanzas en las que fallecen muchos inocentes. Esto último desespera a Lutero hasta el punto de arrepentirse de la revolución emprendida. Lo que su conciencia no le había permitido ante una posible horrible muerte, lo había conseguido el que su pensamiento hubiera provocado tal tragedia, y él no deseaba defenderlo así. En esa angustia se halla cuando dice: “La gente piensa que soy una estrella, pero no lo soy, soy un planeta errante y no deberían pedirme orientación”.
La vida, también está llena de personas de considerable altura y anchura moral.
Desconozco cómo andará la iglesia alemana hoy en día, pero me produce desasosiego el comprobarlo.